Tomás de Aquino

En torno a Tomás de Aquino

Sobre el rapto de Sto. Tomás por sus hermanos

"Quiere hacerse religioso pero su familia, informada por su tutor, se opone. Por consejo de los dominicos decide esperar. En tiempos de la Navidad de 1243 fallece su padre Landolfo. A comienzos de 1244 en el convento dominico de Nápoles, finalmente, ingresa en la Orden de los Predicadores como novicio. Su padre espiritual fue el anciano Juan de San-Giuliano. El prior del Convento de San Domenico Maggiore era Tomás Agni da Lentini. El provincial de la Romana a la que pertenecía el convento era Humberto de Romans.

Al enterarse, a mediados de 1244, su madre Teodora emprende inmediatamente viaje hacia Nápoles, entre lágrimas y quejidos de sus vasallos de Roccasecca (G. Tocco). Tomás es trasladado por sus superiores, que lo envían al convento dominico de Santa Sabina en Roma donde se encontraba el maestro general de la Orden, Juan de Wildeshausen. En Roma, el general decide enviarlo a París para que continúe sus estudios y lo lleva consigo hasta Bologna donde iba a reunirse el capítulo general de la Orden.

Sus hermanos Aimón, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, oficiales del ejército imperial destacado en Toscana, parten, con el visto bueno del Emperador, en su búsqueda. Al llegar el maestro Juan, el novicio Tomás y tres frailes más al paso de Acquapendente, en Toscana, deciden descansar junto a una fuente por el calor de mediados de mayo de 1244, cuando hombres armados dirigidos por el caballero Pedro de la Viña, íntimo del Emperador, los asaltan. Tomás, a pesar de su tamaño, no opone resistencia a sus captores. Pero cuando intentan quitarle el hábito, el gigante novicio no puede ser frenado. Finalmente, deciden dejárselo, y a pesar de las quejas del maestro Juan el Teutónico, lo suben a la fuerza a un caballo y se lo llevan al castillo del Monte San-Giovanni Campano, propiedad mancomunada de la familia Aquino, en cuya torre lo encierran.

Pocos días después, lo llevan a Roccasecca. A sus hermanas se les permite visitar a Tomás para tratar de persuadirlo, pero finalmente son ellas quienes son convencidas de la justicia de la causa de su hermano. Finalmente, los dominicos le hacen llegar a través de ellas los libros que éste les pide: la Biblia, el Brevario, las Sentencias de Pedro Lombardo y la Sofística de Aristóteles. Más aún, su hermana Marotta, la estudiosa de la familia, intenta disuadir a su hermano de seguir la vida del "mendigo" Santo Domingo, pero es Tomás quien la convierte. Marotta decide, entonces, seguir la regla de San Benito en Capua, un tiempo después. Incluso, se le permitió a fray Juan de San-Giuliano visitar a su hijo espiritual a escondidas de su madre.

Tomás aprovecha su encierro de dos años para aprenderse de memoria muchísimas partes de las Sagradas Escrituras y para estudiar muy a fondo el mejor tratado de Teología que había en ese tiempo: las Sentencias de Pedro Lombardo. Además toma contacto con la Lógica y la Metafísica de Aristóteles.

Baptisterio, en Pisa, construido entre 1153-1265.

Sus hermanos, de vuelta de Toscana, posiblemente durante el invierno, época en que se desintegraba el ejército y se permitía a los militares volver a su hogar, encuentran que Tomás continúa obstinado. Le ruegan y lo amenazan, pero no logran quitarle la idea de seguir con su vocación. Le hacen jirones el hábito blanco y se burlan para que se avergüence, le quitan sus libros. Finalmente, le envían a una prostituta. La mujer intenta tentarlo. Tomás toma en sus manos una rama encendida del hogar y se lanza contra la mujer, amenazándola con quemarle el rostro si se atreve a acercársele. Ella sale huyendo y Tomás, con la brasa dibuja una cruz en la puerta frente a la cual se arrodilla a rezar. Esa misma noche contempló en sueños unos ángeles que venían a felicitarlo y le traían un cíngulo, en señal de la virtud de la pureza perpetua que le concedía Nuestro Señor.

La situación se hace insostenible para los Aquino. Son vasallos del herético emperador y a su vez deben honor al Papa. El maestro general de los predicadores presenta una queja formal a Inocencio IV pidiendo la inmediata liberación del novicio dominico. La vigilancia de sus hermanos se hace mucho más suave, y con ayuda de sus hermanas (y probablemente de su madre) escapa en una canasta donde es rescatado por sus nuevos "hermanos", a fines de 1245.

Según dejaron constancia los frailes, había "progresado tanto como si hubiese estado en un studium generale" durante su cautiverio.

Sus hermanos presentan una denuncia al papa Inocencio IV contra los dominicos. El Papa llama a Tomás a Roma para examinar sus razones para ingresar a la orden. Lo despide con su bendición y prohíbe solemnemente que alguien interfiera con la vocación de Tomás."

(De "Santo Tomás de Aquino", una página en la que encontrarás, desde una perspectiva tomista, más información sobre su vida y obra, vínculos a otros sitios tomistas, etc., y más anécdotas. Nota: este sitio ha dejado, al menos temporalmente, de funcionar. Si volviera a retomar su actividad se actualizaría el enlace).

Antes de la imprenta: pergaminos, códices y escribas.

Los pergaminos. Pérgamo y su biblioteca no alcanzaron nunca una posición tan elevada en el mundo de la cultura como la que tuvo Alejandría y es posible, como antes se dijo, que Antonio hiciese donativo de aquélla a Cleopatra. En la historia del libro, sin embargo, ha dejado una huella importante, si es cierta la atribución que suele hacérsele del auge del pergamino como material escriptóreo.

Desde los tiempos más remotos se empleó el cuero para escribir en todos los países; lo utilizaron tanto los egipcios como los israelitas, los asirios y los persas; las pieles no fueron ignoradas por los griegos, que las llamaron diphterai, nombre después aplicado a otros materiales escriptóreos. Pero fue en el siglo iii a. de C. cuando se comenzó a tratar el cuero de forma especial, para hacerlo más idóneo para la escritura, y es el desarrollo de esta técnica lo que se atribuye a Pérgamo, donde la producción en todo caso se practicaba en gran escala y de donde el nombre pergamino (charta pergamnna) verosímilmente se origina.

Impresión en bobina, en la actualidad

Se empleaba por lo general piel de cordero, ternero o cabra; se eliminaba el pelo, se raspada la piel y se la maceraba en agua de cal para eliminar la grasa; seca y sin ulterior curtido, se frotaba con polvo de yeso y se la pulía con piedra pómez u otro pulimento semejante. El material final se prestaba admirablemente para la escritura; ofrecía una superficie suave y regular tanto en el anverso como en el reverso. Aparte de esto, su perdurabilidad superaba la de la hoja de papiro, sin que fuese sin embargo inmune a todas las influencias; pero lo que sin duda contribuyó más a su difusión fue su propiedad, al contrario del papiro, de prestarse con facilidad a ser raspado. Por ello también encontramos entre los manuscritos en pergamino -especialmente de la Edad Media, cuando el material era caro- palimpsestos, es decir, manuscritos cuya escritura original había sido borrada y otra escrita encima (palimpsesto significa raspado de nuevo).

Además la producción del pergamino no se encontraba, como la del papiro, limitada a un solo país y es probable que por lo tanto no fuese al comienzo tan caro como el papiro había llegado a ser. Aun así, se comenzó a usar especialmente para cartas, documentos y escritos breves; sólo más tarde alcanzó el pergamino, que los romanos llamaron membrana, la categoría de material para la confección de libros y por tres siglos luchó con el papiro por la conquista del libro, hasta su victoria final. A partir del siglo IV d. C. el uso del papiro se fue perdiendo poco a poco; es verdad que se conocen rollos y hojas de papiro emitidos por la cancillería papal en el siglo XI, pero deben ser considerados como raras excepciones, debidas al prestigio que se adscribía a tan viejo material. [En España se conserva un documento escrito en papiro en el Archivo de la Corona de Aragón, de Barcelona. Se trata de una Bula del papa Silvestre II en que confirma al abad del monasterio de San Cugat del Vallés la posesión del cenobio; es de diciembre del año 1002, mide 940X740 mm. y ofrece varios aspectos de interés aparte del de su rara materia escriptórea.]

El pergamino puede doblarse como el papiro, aunque su flexibilidad sea menor, y no hay duda de que los libros de pergamino, en sus orígenes, consistían en rollos exactamente igual que los de papiro. Es verosímil que se siguiese la tradición y aunque no poseamos un solo rollo de pergamino griego ni romano, sí hay suficientes testimonios de su existencia; también los judíos utilizaron rollos de pergamino y los siguen utilizando en su libro sagrado, la Thora. Naturalmente, la extensión del rollo de pergamino dependía de las dimensiones de la piel del animal, pero en caso necesario era posible coser varias piezas y formar rollos más largos. También se empleó el pergamino para cubiertas de los rollos de papiro: nos encontramos ante la forma más primitiva de "encuadernación".

(Sven Dahl, Historia del libro, Alianza Universidad, Madrid, 1982)

Los códices

Por usual que fuese la forma de rollo para los hombres de la antigüedad, no hay duda de sus defectos, que se harían evidentes con el uso cotidiano de los libros. Uno de sus inconvenientes fundamentales era que, cuando se leía el rollo, necesitaba ser desenrollado de nuevo si se quería consultar algún párrafo anterior; cuando esto ocurría en alguno de largas dimensiones, era sumamente incómodo, aunque fuese corriente utilizar un palo (llamado umbilicus) para enrollarlo, lo que también causaba un notable deterioro a los rollos de uso frecuente. Mientras el papiro fue el material dominante, la forma natural fue la de rollo; con la introducción del pergamino la situación cambió.

Desde los tiempos más remotos habían usado los griegos pequeñas tablillas de madera con capa de cera o sin ella, sobre las que podían trazarse cortas notas con un estilo de metal (stylus), o ser utilizadas por los colegiales para sus ejercicios. Con frecuencia se unían dos o más de estas tablillas, formando una especie de pequeños cuadernos (llamados diptycha cuando eran dos tabletas), y estos librillos de apuntes fueron usados en grandes cantidades por comerciantes o escribas para notas provisionales. De aquí se pasó, cuando el pergamino comenzó a generalizarse, a dar la forma de estos cuadernos a los libros de pergamino, evolución que tuvo lugar durante los primeros tiempos del Imperio romano.

Esta forma de libro se conocía por codex, y ha permanecido inalterable hasta nuestros días. De finales del siglo I o comienzos del II de nuestra era se han conservado hojas sueltas de códices y es seguro que se utilizaron códices de pergamino, pero fueron sin duda considerados como inferiores a los libros propiamente dichos, formados por rollos de papiro; se los empleaba para ediciones baratas, ya que al poder escribirse en ambas caras de una hoja de pergamino, un texto que por sí exigía un largo rollo o quizá varios, podía ser contenido en un códice relativamente pequeño.

(Sven Dahl, Historia del libro, Alianza Universidad, Madrid, 1982)

Los escribas

El escriba. Cuando el monje se disponía a escribir, cortaba primero el pergamino con ayuda de un cuchillo y una regla (operación conocida por quadratio); después se satinaba la superficie y se rayaban las hojas, para lo cual previamente se indicaba en el borde la distancia entre las líneas haciendo pequeños agujeros con un compás. El rayado se hacía con un punzón o con tinta roja o más tarde con frecuencia con un lápiz de grafito. Cuando por fin comenzaba propiamente a escribir, el escriba, o calígrafo, tomaba asiento ante un pupitre inclinado, en el que se encontraban dos tinteros de cuerno con tinta negra y roja, y equipado con su pluma y su raspador se disponía a la tarea. La tinta roja se utilizaba para trazar una raya vertical a lo largo de las iniciales; es lo que se conocía por rubricar (de rubrum, rojo).

Cuando el escriba había terminado el manuscrito, le daba fin con varias líneas (llamadas suscripción o colofón), en las que se encontraba el título del libro; comienzan por lo general con las palabras explicitus est (o tan sólo explicit), un curioso recuerdo del tiempo en que los manuscritos tenían todavía forma de rollo, ya que estas palabras significaban que el manuscrito se encuentra desenrollado. El título se colocaba también al comienzo, en cuyo caso se iniciaba el texto con las palabras hic incipit (aquí comienza), para después informar de qué materia trataba. Al final el escriba agregaba con frecuencia dónde y cuándo había realizado la obra, para quién, etc., así como también podía mencionar su nombre para recuerdo de la posteridad

Parte de los manuscritos son, como ya se ha observado, palimpsestos; se conocen muchos manuscritos (en especial de los siglos VII al IX, en los que escaseó el pergamino), bajo cuyo texto de teología han podido descubrirse con la ayuda de modernos métodos fotográficos, manuscritos borrados, pero aún legibles, de obras de la antigüedad clásica.

Libro de horas de Jeanne d'Évreux. Jean Pucelle ( Paris,1320–1334). The Cloisters Collection, 1954 (54.1.2) www.metmuseum.org

Además de las espléndidas iniciales decorativas muestran muchos de los manuscritos de la alta Edad Media una serie de ilustraciones autónomas; son llamadas miniaturas, de la palabra latina minium, que significa rojo, o, si además de los colores se utilizaba el oro, iluminaciones (de lumen, luz), por lo que estos manuscritos así decorados reciben con frecuencia el nombre de "libros de oro". Los colores eran opacos o al agua; el oro se aplicaba en panes sumamente finos y bruñidos o en polvo, en los tiempos más antiguos con un brillo de latón, más tarde por lo general con un tono más rojizo. Rara vez era el mismo monje o religiosa quien escribía el texto y realizaba las iniciales e ilustraciones; el escriba dejaba un blanco para éstas y solía escribir en el margen, con una letra fina que podía ser fácilmente borrada, advertencias relativas a la decoración, tras de lo cual los miniaturistas o iluminadores comenzaban, provistos de su caja de colores, sus pinceles y su oro.

Con una pluma trazaban el bosquejo de la ilustración con finos trazos, antes de pintarla o dorarla. Tanto en la ornamentación de las iniciales como en las miniaturas e iluminaciones se distinguen, como ocurre en la escritura, varios tipos de estilo diferentes, con frecuencia con más o menos importantes variaciones locales.

(Sven Dahl, Historia del libro, Alianza Universidad, Madrid, 1982)