Aspasia de Mileto

Aspasia de Mileto

(-470 a -400)

Fragmentos de Aspasia de Mileto

No se conserva ninguna obra escrita por Aspasia, pero sí dos discursos funerarios, el del Menexeno, atribuido por Sócrates a Aspasia, y el de Tucídides en el Libro II de la Historia de la guerra del Peloponeso, pronunciado por Pericles en honor de los muertos el primer año de la guerra, pero atribuido por algunas fuentes a Aspasia. La resistencia a aceptar la autoria de Aspasia en ambos casos ha sido tradicionalmente la norma. Estudios más recientes avalan la autoria de Aspasia con toda certeza en el discurso del Menexeno y con gran probabilidad en el de Tucidides.

 

Fragmento 1. - Discurso funebre del Menexeno

Nacidos y educados de esta manera los progenitores de estos guerreros, fundaron un Estado, del que conviene decir algunas palabras. El Estado es el que forma los hombres buenos o malos, según que él es malo o bueno. Es preciso probar que nuestros padres fueron educados en un Estado magnífico que les ha hecho virtuosos, así como a los que hoy viven, con quienes formaban parte los que han fallecido. El gobierno era en otro tiempo el mismo que al presente, una aristocracia; tal es la forma política bajo la que vivimos y hemos vivido siempre. Los unos la llaman democracia; otros de otra manera, según el gusto de cada uno, pero realmente es una aristocracia bajo el consentimiento del pueblo. Nosotros jamás hemos cesado de tener reyes, ya por derecho de sucesión, ya por el derecho que dan los votos. En general es el pueblo el que posee la autoridad soberana, confiere los cargos y el poder a los que cree ser los mejores; la debilidad, la indigencia, un nacimiento oscuro, no son, como en otros Estados, motivos de exclusión, así como las cualidades contrarias no son motivos de preferencia; el único principio recibido es, que el que parece ser hábil o virtuoso sea quien sobresalga y mande. Debemos este gobierno a la igualdad de nuestro origen. Los otros países se componen de hombres de otra especie, y así la desigualdad de razas se reproduce en sus gobiernos despóticos u oligárquicos. Allí los ciudadanos se dividen en esclavos y dueños. Nosotros y los nuestros, que somos hermanos y nacidos de una madre común, no creemos ser, ni esclavos, ni dueños los unos de los otros. La igualdad de origen produce naturalmente la de la ley, y nos obliga a no reconocer entre nosotros otra superioridad que la de la virtud y de las luces.

He aquí por qué los progenitores de estos guerreros y los nuestros y los guerreros mismos, nacidos bajo tan feliz estrella y educados en el seno de la libertad, han hecho tantas buenas acciones públicas y particulares, con el solo objeto de servir a la humanidad. Creían deber combatir contra los griegos mismos por la libertad de una parte de la Grecia, y contra los bárbaros por la de la Grecia entera. Me falta tiempo para referir dignamente cómo rechazaron a Eumolpo y a las Amazonas desbordadas sobre nuestras campiñas, y otras invasiones más antiguas; cómo socorrieron a los argivos contra los súbditos de Cadmo, y a los heraclidas contra los argivos.

 

Menexenes, Platón, Obras completas, edición de Patricio de Azcárate, tomo 2, Madrid 1871