Nicolás Copérnico

Fragmentos de obras de Copérnico

De Revoutionibus orbium coelestium, Libro I, cap. 7

Por qué los antiguos creyeron que la Tierra permanece inmóvil en el centro del universo

"De forma generalizada, los antiguos filósofos establecieron que la Tierra permanece en reposo en el centro del universo, apoyándose en diversos argumentos. Como principal razón, sin embargo, argüían la pesantez y la liviandad. La Tierra es, de hecho, el elemento más pesado, y todo lo que pesa tiende hacia ella, en el esfuerzo de alcanzar su centro más profundo. Siendo la Tierra esférica, los objetos pesados son llevados hacia ella, por su propia naturaleza, desde todas las direcciones y ángulos rectos respecto a su superficie. Además, si no fueran detenidos por su superficie seguirían su camino hasta su centro, al modo en que una perpendicular sobre el punto tangencial de otra recta sobre una esfera conduce al centro. Pero las cosas que alcanzan el centro, parece seguirse, permanecen en reposo en el centro. Con mayor razón, entonces, la Tierra permanecerá en reposo en el centro y, en cuanto recipiente de todo cuerpo pesado, deberá permanecer sin movimiento gracias a su peso.

De modo similar, los antiguos filósofos analizaron el movimiento y su naturaleza con la intención de confirmar sus conclusiones. Así, según Aristóteles, el movimiento de un cuerpo simple es simple; de los movimientos simples, uno es en línea recta y otro circular; de los movimientos en línea recta, uno es hacia arriba y otro hacia abajo. Por consiguiente, cada movimiento simple lo es, o bien hacia el centro, es decir, hacia abajo; o bien alejándose del centro, es decir, hacia arriba; o bien alrededor del centro, es decir, circular. Pero ser llevados hacia abajo, hacia el centro, es una propiedad sólo del agua y de la tierra, a las que consideramos pesadas; por otra parte, el aire y el fuego, que están dotados de liviandad, se mueven hacia arriba, alejándose del centro. Parece razonable asignar, pues, a estos cuatro elementos el movimiento rectilíneo, pero a los cuerpos celestes el movimiento circular alrededor del centro. Es lo que dice Aristóteles en Del cielo, (I, 2; II, 14).

Por consiguiente, señala Ptolomeo de Alejandría (Almagesto, 1, 7), si la Tierra se moviera, aunque sólo lo hiciera en rotación diaria, tendría que ocurrir lo contrario de lo que se dijo anteriormente, ya que su movimiento tendría que ser extremadamente violento y su rapidez insuperable para arrastrar a toda la circunferencia de la Tierra en veinticuatro horas. Pero las cosas que se someten a una brusca rotación parecen totalmente incapacitadas para reunirse en organismos, y parece más probable, si son el resultado de la combinación, que tiendan a dispersarse, a menos que se mantengan unidos por algún lazo. Haría mucho tiempo que la Tierra hubiera reventado en pedazos, dice, y hubiera sido arrojada fuera de los cielos (lo cual es un concepto bastante absurdo); y lo que es más, las criaturas vivas y las cosas pesadas no hubieran permanecido íntegros o inquebrantables. Del mismo modo, los objetos que caen en línea recta no descenderían perpendicularmente hacia el lugar esperado, ya que mientras caen dicho lugar se habría desplazado debido al rápido movimiento. Por otra parte, las nubes y cualquier otra cosa que flote en el aire las veríamos desplazándose siempre hacia el oeste."

De Revolutionibus orbium coelestium, Libro I, cap. 8

Respuestas de Copérnico a los argumentos de que la Tierra está en reposo

"Pero si alguno pensara que la Tierra gira, dirá con razón que este movimiento es un movimiento natural y no uno violento. Ya que las cosas que suceden de forma natural producen efectos contrarios a los que están causados por la violencia. Efectivamente, las cosas a las que se aplica la fuerza o la violencia se corrompen por necesidad y no pueden subsistir mucho tiempo; por el contrario, los procesos naturales se mantienen adecuadamente y se conservan en su perfecta disposición. Por consiguiente, Ptolomeo no debió temer, pues, que la Tierra, junto con todas las cosas terrestres, reventara por el giro producido por acción de la naturaleza, que es muy distinto del que puede causar el arte o del que procede del ingenio humano. Pero ¿por qué no temió que sucediera eso (que reventara) más bien con el universo, cuyo movimiento ha de ser tanto más veloz cuanto que es mucho mayor el cielo que la Tierra? ¿Acaso el cielo ha llegado a ser tan inmenso a causa de que es separado del centro por la indecible vehemencia de ese movimiento, de modo que debería caer si de cualquier modo se detuviera? Por lo demás, si este razonamiento fuera válido, la magnitud del cielo se extendería hasta el infinito. Ya que cuanto más arrastrado es hacia arriba por la fuerza misma del movimiento, tanto más rápido será ese movimiento, a causa de la circunferencia constantemente creciente, circunferencia que debería recorrer en el periodo de veinticuatro horas; e inversamente: al aumentar el movimiento aumentaría también la inmensidad del cielo. De este modo, la velocidad haría aumentar hasta el infinito la magnitud, y la magnitud la velocidad.

(...)

Pero dejemos a las disputas de los filósofos decidir si el mundo es finito o infinito; nosotros, en todo caso, estamos seguros de que la Tierra está limitada por una superficie esférica entre sus polos. ¿Por qué dudaríamos, pues, durante más tiempo, para atribuirle una movilidad que puede concordar perfectamente por su naturaleza con su forma, más bien que descalabrar el mundo entero, cuyos límites ignoramos y no podemos conocer? ¡Cómo no admitiríamos que la realidad de este giro diario pertenece a la Tierra, y sólo su apariencia al cielo! Y que en consecuencia, ocurre lo que Eneas (en Virgilio) dice: salimos del puerto y las tierras y las ciudades se alejan.

En efecto, cuando un navío flota calmamente, los navegantes ven moverse, a imagen de su movimiento, todas las cosas exteriores y ellos creen permanecer en reposo, con todo lo que está con ellos. Ahora bien, en lo que concierne al movimiento de la Tierra, puede que, de manera semejante, se crea que el mundo entero se mueve alrededor de ella. Pero ¿qué diremos de las nubes y las demás cosas que flotan en el aire, así como de las que caen o, inversamente, ascienden hacia las alturas? Pues simplemente, que no sólo la Tierra, con el elemento acuoso que la acompaña, se mueve así, sino también una parte nada despreciable del aire y de todas las cosas que, del mismo modo, tienen una relación con la Tierra. Sea porque el aire cercano a la Tierra, mezclado con materia terrestre y acuosa, participe de la misma naturaleza que la Tierra, sea porque ese movimiento del aire sea un movimiento adquirido, del que participa sin resistencia como consecuencia de la contigüidad y del movimiento perpetuo de la Tierra."

(Según la versión de A. M. García López para "La Filosofía en el Bachillerato")