Nicolás Copérnico

En torno a Copérnico

Glosa de Copérnico por A. Koyré

El año 1543, año de la publicación del De Revolutionibus orbium coelestium y de la muerte de su genial autor, Nicolás Copérnico, señala una fecha importante en la historia de la humanidad. Bien podríamos denominarla "fin de la Edad Media y comienzo de los tiempos modernos", porque mucho más radicalmente que la toma de Constantinopla por los turcos o el descubrimiento de América por Cristobal Colón, indica la terminación de un mundo y el nacimiento de otro mundo nuevo.

Sin embargo, con ello todavía seguiríamos desconociendo en parte su importancia, pues el rompimiento efectuado por Copérnico no significa tan sólo el fin de la Edad Media, sino que señala la terminación de un periodo que comprende al mismo tiempo la Edad Media y la Antigüedad. A partir de Copérnico, y sólo después de él, el hombre ya no se halla en el centro del mundo: el universo ya no gira para él.

Nos resultaría difícil, en la actualidad, imaginarnos o comprender cabalmente el esfuerzo y la osadía de este espíritu maravilloso. Necesitaríamos ser capaces de olvidar todo lo que hemos aprendido en la escuela; y precisaríamos poder retornar a la ingenua seguridad con que el sentido común acepta la evidencia inmediata de la percepción de la inmovilidad de la Tierra.

Quizá todo ello tampoco sería suficiente, pues sobre dicha evidencia tendríamos que instaurar una triple enseñanza, científica, filosófica y teológica, una triple tradición, y una autoridad triple de cálculos, razonamiento y revelación. Sólo entonces podríamos columbrar la increíble osadía del pensamiento copernicano, que arrancó a la Tierra de sus cimientos y la lanzó hacia el cielo.

Es difícil para nosotros - en realidad imposible, salvo con la imaginación - comprender el esfuerzo liberador de Copérnico, igualmente difícil nos resultaría entender la fuerza de la conmoción que los hombres de su tiempo debieron de experimentar ante la lectura de su obra. Hundimiento de un mundo al que todo, ciencia, filosofía y teología, representaba como centrado en torno del hombre y creado para el hombre. Ruina de aquella jerarquía que, oponiendo a los cielos el mundo sublunar, los unía en esta separación misma y por ella. Era demasiado descabellado para ser tomado en serio, era también demasiado complicado; mathemata mathematicis scribuntur: la matemática se escribe para los matemáticos. Hipótesis nueva y, a la vez, antigua; recurso calculatorio sin importancia práctica. Ello es lo que se pensó, más frecuentemente, durante unos cincuenta años. Sólo Melanchton comprendió inmediatamente de qué se trataba.

Mucho más tarde, cuando resultó evidente que la obra de Copérnico no era asunto para matemáticos, cuando se comprendió que el golpe que había asestado al mundo geo y antropocéntrico era mortal y cuando transcurrió el tiempo debido para desarrollar consecuencias metafísicas y religiosas, la reacción se produjo: la condenación de Galileo, por una parte, y la obra de Pascal, por la otra.

(Alexandre Koyré, comienzo de la Introducción a la edición en español, de Jorge Fernández Chiti, del De Revolutionibus, Buenos Aires, Eudeba, 1965.)