Empédocles de Akragas

Noticias recogidas por Diógenes Laercio sobre Empédocles

Empédocles, como dice Hipoboto, hijo de Metón, que lo era de otro Empédocles, fue agrigentino. El mismo Hipoboto y Timeo, en el libro XV de sus Historias, dicen que Empédocles, abuelo del poeta, fue un varón insigne, y lo mismo atestigua Hermipo. No menos Heráclides, en el libro De las enfemedades, dice que su abuelo fue de una casa ilustre, y que criaba caballos. Igualmente Eratóstenes, en sus Olimpiónicos, dice por testimonio de Aristóteles que el padre de Metón venció en la Olimpíada LXXI. Apolodoro, gramático, dice en sus Crónicas que era hijo de Metón; y Glauco asegura que se pasó a los turios, colonia entonces recién fundada. Y más abajo dice que los que afirman que fugitivo de su casa se fue a Siracusa y militó con los siracusanos contra los atenienses, parece proceden con suma ignorancia, pues o ya no vivían entonces o era viejísimo. Lo cual no es verosímil, pues Aristóteles dice que él y Heráclito murieron de sesenta años, y el que venció a caballo en la Olimpiada LXXI tenía el mismo nombre. Así concuerda el tiempo Apolodoro.

Sobre su muerte se cuentan varias anécdotas, siendo una de las más Aristóteles en su Sofista dice que Empédocles fue inventor de la retórica, y Zenón, de la dialéctica. Y en el libro De poética llama homérico a Empédocles, grave y vehemente en la frase y en las metáforas, y que usó de todas las figuras poéticas. Y que además de otros poemas escribió el Tránsito de Jerjes y un Proemio a Apolo, y que después lo quemó todo una hermana suya o hija, como dice Jerónimo; el Proemio contra su voluntad; pero lo tocante a Persia lo quemó a sabiendas, por ser obra imperfecta. Dice asimismo que también escribió tragedias y asuntos de política. Pero Heráclides, hijo de Serapión, asegura que las tragedias son de otro Empédocles. Jerónimo dice haber visto cuarenta y tres suyas, y Neantes, que las escribió siendo joven y las halló después.

Sátiro escribe en las Vidas que también fue médico y orador excelente, y que fue discípulo suyo Gorgias Leontino, varón eminente en la retórica, el cual nos dejó un Arte de ella, y que, según escribe Apolodoro en sus Crónicas, vivió ciento nueve años. El mismo Sátiro refiere que Gorgias dijo había estado presente cuando Empédocles ejercitaba sus encantamientos. Y aun lo anuncia así él mismo en sus poesías.

Potamila dice que llama grande a Agrigento porque contenía 800.000 habitantes. Y así, como Empédocles los viese redundando en delicias, les dijo: «Los agrigentinos se deleitan como si hubieran de morir mañana, y edifican casas como si hubieran de vivir siempre.» Dicen que el rapsodista Cleomanes cantó en Olimpia sus Lustraciones; lo mismo confirma Favorino en sus Comentarios. Aristóteles escribe que fue libre y muy ajeno del mando, pues rehusó el reino que se le daba (como lo dice Janto en sus escritos sobre Empédocles), teniendo su frugalidad en mayor estima. Esto mismo refiere Timeo, poniendo también la causa de haber sido hombre tan popular y republicano. Dice que habiéndolo convidado uno de los magnates, sacaron de beber antes que la comida, y como los demás callasen, él no lo sufrió, sino que mandó sacarla; pero el convidador le dijo que estaba esperando al ministro del Senado. Luego que éste vino, fue hecho principal del convite, constituyéndolo así el convidante, y aparentando con ello una imagen de tiranía, pues mandaba al convidado o que bebiese o que se le vertiese la bebida en la cabeza. Calló entonces Empédocles; pero al día siguiente juntó Senado y condenó a los dos, quitando la vida al convidante y al príncipe del convite. Este fue el principio de haber entrado en el gobierno de la república.

Acerca de su muerte hay variedad de opiniones. Heráclides, tratando de la mujer que no respiraba y de la celebridad que consiguió Empédocles con haber restituido la vida a una difunta, dice que ofreció sacrificio junto a la quinta de Pisianacte, convidando algunos de sus amigos, y Pausanias entre ellos. Concluido el convite unos se volvieron, otros ce acostaron bajo de los árboles vecinos, y otros en otras partes; pero él se quedó en el sitio mismo donde había cenado. Venida la mañana, levantándose todos sólo él no fue hallado. Hecha pesquisa, examinados los criados y familiares, y respondido que nada sabían, hubo uno que dijo que a medianoche había oído una gran voz que había llamado a Empédocles, y que, habiéndose levantado, había Visto una luz celeste, luminarias de teas, y nada más. Hallándose todos atónitos con lo sucedido, bajó Pausanias para enviar algunos que lo buscasen; pero luego fue prohibido hacer más diligencias y dijo: «Que el suceso era muy conforme y consiguiente para ruegos; así, que convenía hacerle sacrificios como que ya era dios.»

Que habiendo acometido a los selinuncios un contagio de peste por el hecho de un río cercano corrompido, de modo que no sólo morían, sino que también se les dificultaban los partos a las mujeres, discurrió Empédocles conducir a él a costa suya dos de los ríos más inmediatos, con cuya mezcla se endulzaron las aguas. Cesada la peste y hallándose los selinuncios banqueteando a las orillas del río, apareció allí Empédocles; y ellos, levantándose, lo adoraron como a dios y le ofrecieron sus votos. Así, queriendo confirmar esta opinión, se arrojó al fuego. Pero Timeo contradice a esto, diciendo abiertamente cómo Empédocles se retiró al Peloponeso y ya no volvió; por cuya razón es incierta su muerte. A Heráclides le contradice ex profeso en el libro IV, por cuanto Pitanacte dice fue siracusano y no tuvo quinta alguna en Agrigento. Y que Pausanias le construyó una memoria como amigo; pues divulgada aquella fama, como era hombre rico, le hizo una estatua pequeña, o bien una capilla como a dios. ¿Cómo se arrojaría al volcán quien, teniéndolo cercano, ninguna mención hizo de él? Así que murió en e1 Peloponeso.

Sus dogmas son éstos: «Los elementos son cuatro: fuego, agua, tierra y aire ; la Concordia con que se unen, y Discordia con que se separan», pues habla así:

Albo Jove, alma Juno, Pluto y Nestis,
que en llanto anega sus humanos ojos.

Entiende por Jove el fuego, por Juno la tierra, por Plutón el aire, y por Nestis el agua; y dice que estos elementos alternan con perpetua vicisitud, se aquietan nunca, y este orden es eterno. Infiere, finalmente, que

La Concordia unas veces
los amista y en uno los compone:
otras, por el contrario, la Discordia
a todos los separa y enemista.

Dice que el sol es una gran masa de fuego y mayor que la luna. Que ésta es semejante a un disco; el cielo al cristal, y que el alma se viste de toda especie de animales y plantas; pues dice:

Muchacho fui, y muchacha, en otro tiempo;
fui planta. ave también, fui pez marino.
(Diógenes Laercio, "Vidas de filósofos ilustres", trad. José Ortiz, ed. Iberia, Barcelona, 1962)