(- 460 a - 370)
Demócrito, hijo, según unos, de Hegesístrato; según otros, de Atenócrito, y según otros, de Damasipo, fue adberita, o como dicen algunos, milesio. Estudió con algunos magos y caldeos que el rey Jerjes dejó por maestros a su padre cuando se hospedó en su casa, de los cuales aprendió la teología y la astrología siendo todavía muchacho, según lo escribe Herodoto. Unióse después a Leucipo, y, según dicen algunos, a Anaxágoras, siendo cuarenta años más joven que él. Refiere Favorino en su Historia varia que Demócrito dijo de Anaxágoras que no eran de éste las cosas que había escrito acerca del sol y de la luna, sino opiniones antiguas, y que las había hurtado. También que censuró y degradó el mérito de lo que escribió sobre la formación del mundo y de la mente, haciéndosele enemigo por no haberlo querido recibir. ¿Cómo, pues, dicen algunos, será discípulo suyo? Demetrio, en sus Colombroños, y Antístenes, en las Sucesiones, dicen que se fue a los sacerdotes de Egipto a fin de aprender la geometría, a los caldeos de Persia y al mar Rojo. Aun hay quien dice que también estuvo en la India con los gimnosofistas y que no menos pasó a Etiopía.
Parece, dice Demetrio, que también pasó a Atenas, y que por desestimar su propia gloria no se cuidó de ser conocido; y aunque él conoció a Sócrates, Sócrates no lo conoció a él. «Fui - dice - a Atenas, y nadie me conoció.»
«Si el diálogo Antierastes - dice Trasilo - es de Platón, acaso seria Demócrito el anónimo que allí estaba además de Enópidas y Anaxágoras, discurriendo de la filosofía, del cual dice Platón: Este filósofo se parece al vencedor de cinco certámenes»
. En efecto, Demócrito realmente era en la Filosofía perito en cinco certámenes , pues era experimentado y hábil en la natural, moral, matemática, encíclica y en todas artes. Suyo es aquel dicho de «las palabras son la sombra de las cosas»
.
Murió Demócrito, como dice Hermipo, en esta forma: como fuese ya muy anciano y se viese vecino a partir de esta vida, a su hermana, que se lamentaba de que si él moría en la próxima festividad de los tesmoforios, no podría ella dar a la diosa los debidos cultos, le dijo que se consolase. Mandóle traer diariamente algunos panes calientes, y aplicándoselos a las narices, conservó su vida durante las fiestas; pero pasados sus días, que eran tres, terminó su vida sin dolor alguno, a los ciento nueve años de edad, como dice Hiparco.
(Diógenes Laercio, "Vidas de filósofos ilustres", trad. José Ortiz, ed. Iberia, Barcelona, 1962)
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