Agustín de Hipona

El contexto histórico, sociocultural y filosófico de Agustín de Hipona (354 a 430)

El contexto histórico

La actividad filosófica de San Agustín se desarrolla en la segunda mitad del siglo IV y el primer cuarto del siglo V, un período en el que el Bajo Imperio romano está sometido a fuertes tensiones internas y a la presión de las tribus bárbaras, que terminarán por provocar el desmoronamiento de la parte occidental de forma definitiva a finales del siglo V.

Constantino I, convertido al cristianismo tras haber ganado una batalla contra Majencio, en la que había pedido ayuda al Dios de los cristianos (según relata Eusebio en "El sueño de Constantino"), fue el primer emperador cristiano. Constantino I establecerá una dinastía que, excepto en el caso de Juliano, favorecerá el desarrollo del cristianismo. Con el Edicto de Milán, del año 313, el cristianismo queda despenalizado y los cristianos adquieren cada vez mayor poder y protagonismo en la vida pública romana, llegando algunos a formar parte del círculo de colaboradores de Constantino I, quien concede privilegios a la Iglesia, hace donaciones y apoya la construcción de templos cristianos. El mismo Constantino I convocará un concilio, el de Nicea (el año 325), en el que se fijarán algunos de los dogmas fundamentales del cristianismo y se condenará el arrianismo. Le sucedieron sus tres hijos: Constantino II, Constante y Constancio II, que se vieron envueltos en crímenes contra sus familiares para asegurar la línea sucesoria, tras lo cual se dividieron entre ellos el Imperio. Tras sus respectivas muertes, Juliano (llamado "El apóstata" por los cristianos), hombre culto y sabio, que era primo de Constancio II, que había sido nombrado césar el 355, al mando de la Gallia, (un año después del nacimiento de Agustín), se hace con el poder de todo el Imperio el año 361, y comienza su lucha en pro del reestablecimiento de las tradiciones culturales romanas, no con persecuciones sangrientas contra los cristianos, sino recurriendo a argumentos y prácticas razonables. Ordenó la reconstrucción de los templos paganos y favoreció el retorno de quienes se había exiliado por motivos religiosos. Retiró a la Iglesia los privilegios concedidos por sus antecesores y prohibió algunas actividades a los cristianos, como la de impartir docencia como preceptores. Sin embargo no consiguió frenar lo que se mostraría como el avance imparable del cristianismo. Tras diez años de gobierno, morirá el 363, en el transcurso de una campaña contra los persas.

Le sucederá Joviano, uno de sus generales, que ejercerá el poder de todo el Imperio durante sólo un año, al fallecer el 364. El ejército, que ya había intervenido en las decisiones sucesorias en el poder con anterioridad, ganando peso político a lo largo del siglo, aclamará como su sucesor a Valentiniano I, quien gobernará del 364 al 375, pero al comienzo de su mandato cederá el mando de la parte oriental a su hermano Valente, quien gobierna del 364 al 378. Valentiniano I será sucedido tras su muerte, el 375, en la parte occidental por su hijo Graciano, y Valente, en la parte oriental, por Teodosio I, el año 379.

Graciano, favorecedor de los cultos cristianos, gobernará hasta el 383, año en que morirá asesinado por miembros del ejército del usurpador Magno Máximo, que dominaba Britannia y la Gallia y contra el que Graciano había emprendido una campaña militar. A Graciano le sucederá Valentiniano II, hermanastro suyo más joven que él, pero dado que la parte occidental se encontraba bajo el mando del usurpador Magno Máximo, Valentiniano II se dirige a Constantinopla, pidiendo ayuda a Teodosio I. Éste emprende una campaña conta Magno Máximo, derrotándole el año 388 y condenándolo a muerte. Valentiniano II toma el poder de la parte occidental y gobernará hasta el año 392, en que será asesinado, víctima de una conjura. Nuevamente Teodosio I marcha contra los usurpadores, venciéndoles el año 394 y quedando en sus manos todo el Imperio hasta su muerte, el año siguiente: 395.

Tras su muerte, el imperio será de nuevo repartido entre sus dos hijos: Honorio en occidente (gobernará hasta el 423) y Arcadio en Oriente (gobernará hasta el 408). Honorio, a su vez, será sucedido por su sobrino Valentiniano III (tras una regencia de su madre, Gala Placidia, hasta su mayoríade edad) en la parte occidental, quien gobernará hasta el 455. En la parte oriental, Arcadio será sucedido por su hijo Teodosio II, quien gobernará haste el 450.

Teodosio I, llamado el Grande, había promulgado el año 380 un edicto que proclamaba el cristianismo como la única religión del Imperio romano, prohibiendo los Juegos Olímpicos y cerrando todos los templos paganos, siendo muchos de ellos destruidos por los cristianos. Teodosio I es considerado por muchos historiadores como el último verdadero emperador romano ya que, tras su muerte, la decadencia del imperio parece ya imparable y la incapacidad de sus gobernantes para hacerle frente, manifiesta. A los conflictos internos, derivados de la degradación económica, constante a lo largo del siglo, se suman las luchas internas y la fragmentación del poder político y el aumento del poder y protagonismo del ejército (son muchos los rebeldes y usurpadores que, a lo largo del siglo, se hacen con el poder en provincias o en amplias zonas del imperio), a lo que hay que sumar las invasiones de los pueblos bárbaros, que ocupan amplias regiones del norte, de forma no violenta, primero, pero con violencia y crueldad extrema posteriormente, ocupando la Gallia y entrando en Hispania. Más sangrante resulta el hecho de que estas tribus estaban "romanizadas" y habían abrazado el cristianismo. El año 410 las tropas visigodas de Alarico arrasarán Roma. En los años siguientes, ni las fronteras ni amplias zonas internas del imperio podrán ser ya controladas por las tropas, y diversas tribus bárbaras (vándalos, suevos, alanos, burgundios, godos, visigodos, etc.) se instalarán en sus territorios de forma estable y duradera, además de atacar y arrasar algunas de ellas amplias zonas del norte de África.

Tras la muerte de Teodosio I, pues, la parte occidental del imperio se ve inmersa en un periodo turbulento que conduce al establecimiento y consolidación de los estados germánicos, que llegarán incluso con sus tropas a África, en donde arrasan varias ciudades (como es el caso de Hipona, el 430, año en que muere San Agustín, o el de Cartago, tomada probablemente sin ofrecer resistencia el 439) y ocuparán Italia, donde el 455 vuelven a arrasar Roma. Desde entonces, el poder real de los emperadores de occidente sería escaso, estando sometidos al de los líderes de los bárbaros, verdadero poder en la sombra. El año 476, Rómulo Augusto, (al que los romanos pusieron el diminutivo de Augústulo en son de burla por su nulo poder real), usurpador del último emperador legítimo de occidente, Julio Nepote, fue depuesto por Odoacro. Es la fecha que se considera como la oficial del fin del imperio romano occidental ya que, aunque Julio Nepote sería reestablecido en el poder por Odoacro, sólo lo sería nominalmente, viviendo en realidad exiliado en Dalmatia, (donde moriría el 480, asesinado por sus propios soldados) y quedando el gobierno en manos de Odoacro.

El Imperio Romano oriental, por su parte, sobrevivirá todavía mil años más, conocido con el nombre de Imperio Bizantino, hasta su derrota ante los turcos en 1453, fecha en que toman su capital, Constantinopla.

El contexto sociocultural

A partir del siglo III la sociedad romana entrará en una fase de crisis económica casi permanente, que llevará al empobrecimiento de la población. La ausencia de conquistas que provean de recursos económicos, el aumento de los gastos del Estado, debido a la burocratización y al aumento de las exigencias de las castas militares, las guerras civiles en relación con las luchas por el poder, que asolan los cultivos y reducen la producción, sumadas a la inseguridad de las calzadas, provocan un descenso del comercio interior y de la industria, que se quiere combatir con medidas que no harán sino agravar sus consecuencias: el aumento de impuestos, la regulación de los precios, las devaluaciones de la moneda e incluso la acuñación de moneda fraudulenta.

Por otra parte, el colapso del esclavismo, al encarecerse el precio de los esclavos debido a la ausencia de conquistas, conducirá a la implantación del colonato, con la consiguiente ruralización de la sociedad, dejando de tener la distinción entre esclavos y libres la importancia de épocas anteriores. Los colonos eran arrendatarios de tierras, por las que debían entregar al propietario o latifundista una parte de la cosecha; algunos colonos eran campesinos libres empobrecidos que cedían sus tierras al latifundista, incapaces de hacer frente a los pagos de impuestos; otros eran antiguos esclavos, liberados a cambio de asumir esa nueva forma de trabajo. El latifundista poseía así grandes extensiones de terreno y una amplia masa de colonos que trabajaban para él; a menudo disponía de ejército privado propio para mantener la seguridad en sus tierras; otros cobraban impuestos a sus colonos; en definitiva, una estructura de protección y servidumbre que prefigura el posterior feudalismo. Así, se reforzaban las diferencias sociales, que eran muy acentuadas, y que a menudo fueron causa de revueltas y conflictos. La distinción entre hombres libres y esclavos, debido a la pérdida de relevancia del papel que estos representaban en las nuevas condiciones, se reemplazará por la distinción entre Honestiores y Humiliores, que se había establecido al menos un siglo antes (con efectos jurídicos acerca de la variación de las penas a que se podría someter a las personas según el grupo al que pertenecieran).

Entre los Honestiores se incluían a las personas de rango superior, ya por el rango social que ocupaban o por la nobleza de su origen, es decir, entre quienes detentaban el poder económico y político. Entre los Humiliores se incluían a los demás estratos sociales, los plebeyos y categorías inferiores, en definitiva, a los trabajadores. Así, la estructura social se simplifica, en consonancia con las transformaciones económicas y políticas de la época.

El papel del senado durante el Bajo Imperio tiende a hacerse meramente testimonial, así como el de la asamblea. El poder recae sobre el emperador que gobierna de forma absolutista. Los senadores sólo matienen su poder e influencia en el ámbito local, pero no consiguen volver a tener el protagonismo de los tiempos de la República. Aumenta, sin embargo, el poder de la Iglesia, debido a las prerrogativas concedidas, como las donaciones por parte del estado y la exención de impuestos; junto con donaciones particulares y otras procedentes de testamentos algunas diócesis se convertirán en propietarios latifundistas equiparables a los de mayor poder. Es una época también en la que se desarrolla el monacato, que tanta importancia tendrá a lo largo de la Edad Media.

En lo que respecta al arte y a la arquitectura, la importancia del cristianismo dará lugar a la construcción de numerosas iglesias, baptisterios y basílicas. Entre ellas destacan las de Santa Sabina y la de los santos Cosme y Damián. También destacará la elaboración de mosaicos con motivos religiosos y esculturas. Las iglesias se construyen siguiendo la estructura de las iglesias romanas, de planta rectángular con dos o cuatro naves, preferentemente; pero también de planta circular, como la de S. Constanza.

En la poesía escrita en Latín destacarán Nemesiano, con sus cuatro églogas llamadas "Bucólicas", Claudio Claudiano (que fue poeta oficial de la corte de Honorio), con obras como la "Gigantomaquia" y el "Rapto de Proserpina", Macrobio, con los siete libros de la "Saturnalia" y su comentario a "El sueño de Escipión" de Cicerón, y Rutilio Namanciano, con el poema "Su regreso". En cuanto a la poesía en griego, destacrán Nonno, con el poema épico "Las dionisíacas" y Museo, autor de "Hero y Leandro". Entre los poetas cristianos cabe destacar a Ausonio, con las "Parentalia" y "Centón nupcial" y a Prudencio, con obras como "Cathemerinon" (Libro de los himnos) o la "Psychomachia" (Batalla de almas), en la que las virtudes y los vicios, personificados, combaten por el alma humana.

El contexto filosófico

El ascenso del cristianismo a lo largo del siglo IV, primero con su despenalización y el reconocimiento de su actividad, por parte de Constantino I, y más tarde con su proclamación como religión única del Imperio, por parte de Teodosio I, irá modificando el panorama intelectual y filosófico del Bajo Imperio, tanto en la parte oriental como en la occidental. Así, pese a la pervivencia de las escuelas filosóficas tradicionales, el acoso al paganismo por parte de los cristianos y la destrucción de sus templos y símbolos culturales irá poniendo en primer plano un tipo de reflexiones centradas casi en exclusiva sobre problemas morales, doctrinales y teológicos propios de la religión cristiana, cambio del que el mismo San Agustín es un claro exponente: inicialmente seguidor de Epicuro, se hace maniqueo y luego se convierte al cristianismo, desde donde combate contra las "herejías" y la filosofía "pagana". No es de extrañar, pues, que la mayoría de los nombres que podamos asociar a la actividad filosófica de finales del siglo IV y siguientes, con pocas excepciones, como la de Juliano, nos remitan a padres de la iglesia posteriormenter santificados: San Ambrosio, San Basilio el Grande, San Gregorio Nacianceno, San Gregorio Niseno, San Juan Crisóstomo y San Jerónimo, entre los más destacados, seguidores, muchos de ellos, de las enseñanzas de Orígenes, que había sido uno de los más destacados representantes de la Escuela de Alejandría. Su actividad se encaminaba no sólo a polemizar con la sabiduría clásica, sino también a combatir las numerosas variantes del cristianismo (como el arrianismo, el nestorianismo, el donatismo, el monofisimo, el gnosticismo, entre las más destacadas, y que tras su derrota fueron clasificadas de herejías) estableciendo una dirección doctrinal que prevaleció posteriormente, con ligeras modificaciones de segundo orden, durante los siglos posteriores, llegando muchas de ellas hasta la actualidad.